El ser humano como obra abierta

Una lectura del Discurso sobre la dignidad del hombre de Giovanni Pico della Mirandola

Jimena Porte Camelo

¿Está ya definida la naturaleza humana o somos, en realidad, una obra en proceso?

El Discurso sobre la dignidad del hombre de Giovanni Pico della Mirandola, uno de los pensadores más representativos del humanismo renacentista, intenta responder precisamente a esa pregunta. Escrito a finales del siglo XV, en pleno Renacimiento, este breve texto propone una idea tan sencilla como radical: el ser humano no tiene una naturaleza fija.

Según Pico, cuando Dios creó el universo, cada criatura recibió un lugar y una esencia determinada. Las plantas serían plantas, los animales animales, los ángeles espíritus celestes. Cada ser ocupaba su posición dentro de un gran orden del mundo.

Pero al llegar el momento de crear al ser humano ocurrió algo distinto.

Dios, dice Pico, ya había distribuido todas las formas posibles de existencia. Por eso decidió crear al hombre de una manera completamente nueva: sin una naturaleza definida. Lo colocó en el centro del mundo y le habló de esta manera: no te he dado ni un lugar determinado ni una forma propia para que tú mismo puedas elegirlos.

En otras palabras, el ser humano es la única criatura capaz de modelarse a sí misma.

Podemos degradarnos hacia lo más bajo —una vida dominada por el instinto— o elevarnos hacia lo más alto, hacia el conocimiento, la contemplación y lo divino. En esa posibilidad de transformación reside, para Pico, la verdadera dignidad humana.

Por eso describe al hombre como una criatura cambiante, casi como un camaleón. Cada persona lleva dentro de sí “gérmenes de toda vida”, y aquello que cultive en su interior determinará en qué se convierte.

Esta visión forma parte del espíritu del Renacimiento, un momento histórico en el que el ser humano vuelve a colocarse en el centro de la reflexión filosófica y cultural. Los humanistas redescubrieron los textos de la Antigüedad clásica y recuperaron una mirada que concedía al ser humano un papel central en la comprensión del mundo.

El pensamiento de Pico se sitúa precisamente en ese cruce entre tradición clásica y pensamiento cristiano. Por un lado, conserva la idea medieval de un cosmos ordenado por Dios; por otro, afirma con fuerza la libertad humana y su capacidad de transformarse.

Vista desde hoy, esta intuición tiene algo sorprendentemente moderno. La idea de que no estamos completamente definidos por nuestra naturaleza o nuestro destino sigue resonando con fuerza. Somos, en cierta medida, una obra abierta.

Pero esta visión también plantea algunas preguntas.

El discurso de Pico está lleno de optimismo sobre la libertad humana: cada persona puede elevarse a través del conocimiento, la filosofía y la contemplación. Sin embargo, esa confianza supone que todos los seres humanos tienen las mismas condiciones para desarrollar ese potencial. La experiencia histórica nos recuerda que la libertad humana siempre está atravesada por límites: sociales, culturales, materiales e incluso interiores.

Además, el ideal de “elevarse” hacia lo divino responde a una jerarquía heredada del pensamiento neoplatónico, donde lo intelectual aparece como más noble que lo corporal o sensible. Desde una mirada contemporánea podríamos preguntarnos si la dignidad humana consiste realmente en alejarnos de nuestra dimensión terrenal o más bien en integrarla plenamente.

Si el ser humano es, como sugiere Pico, una criatura capaz de modelarse a sí misma, entonces el arte puede entenderse como uno de los espacios privilegiados donde esa transformación ocurre.

A diferencia de otros ámbitos de la vida, el arte no sólo produce obras: también transforma a quien lo practica. La experiencia artística exige atención, disciplina y sensibilidad; es una forma de educación de la mirada, del oído y del pensamiento. En ese proceso, algo del propio sujeto se modifica.

En ese sentido, el arte encarna de manera especialmente clara la intuición de Pico. El ser humano no está terminado: se forma, se pule, se construye. La práctica artística se convierte así en uno de los lugares donde esa posibilidad de transformación se vuelve experiencia concreta.

No es casual que el Renacimiento concediera a las artes un papel central en la formación humana. Más que simples adornos culturales, eran comprendidas como caminos para cultivar la mente y el espíritu.

Tal vez por eso el texto de Pico sigue resultando tan sugerente hoy: porque nos recuerda que la dignidad del ser humano no reside en una forma ya dada, sino en la posibilidad de formarse.

Bibliografía

Pico della Mirandola, Giovanni. Discurso sobre la dignidad del hombre. Traducción de Adolfo Ruiz Díaz. Medellín: Editorial π, 2006.

Leave a comment